Sentados alrededor de una mesa de madera de roble, en una habitación iluminada por los últimos rayos del atardecer de febrero, debatíamos intensamente sobre temas cruciales: política municipal, la iglesia de los pobres, la educación de los jóvenes y las injusticias sociales.
Aquel invierno del ochenta/ochenta y uno estaba siendo inusualmente cálido, lo que parecía acompañar al fervor de nuestras conversaciones.
En el centro de la mesa, un sacerdote progresista para la época modera y aglutina nuestras inquietudes. Es capaz de canalizar la rebeldía social de algunos y templar la complicidad del clero ante las injusticias que otros denuncian. Éramos, como se decía entonces, un grupo de “rojos” dirigidos por un cura "comunista", todo un escándalo en una villa sometida aún a la intolerancia y la rigidez de costumbres de un sistema en el que cualquier síntoma de progresía despertaba suspicacias, más aún si provenía de un ministro de la iglesia nacionalcatólica.
En medio de aquel ambiente, suena el teléfono. Es mi madre, que llama con voz de preocupación:
—Hijo, ¿estás escuchando la radio?
—No, ¿qué pasa, mamá?
Su tono se vuelve exultante, me informa mientras intenta tranquilizarme.
• Han dado un golpe de estado y ha entrado la Guardia Civil en el Congreso de los Diputados, pero no te preocupes, ya han sacado los tanques en Valencia y está todo controlado y gracias a Dios en orden …
Cuelgo el teléfono, interrumpiendo el discurso patriótico de mi madre. Al regresar a la mesa, me esperan seis rostros llenos de asombro e incredulidad. La voz de Gabilondo nos informa en directo de lo que esta ocurriendo en Madrid, marcando un momento histórico que vivimos juntos, entre la incertidumbre y la esperanza.
Ante la gravedad de la situación y la incertidumbre sobre el desarrollo de los acontecimientos tomamos la decisión colectiva de permanecer juntos en la rectoral.
Consideramos más seguro no regresar por el momento a nuestros domicilios particulares, ya que la atmósfera esta cargada de inquietud y las noticias no dejan de inquietarnos.
La conversación gira entonces hacia la inseguridad que sentímos respecto al futuro inmediato. Hablamos abiertamente de nuestros temores ante una posible represión y del desconcierto generalizado sobre cómo se ha llegado a este punto tan crítico. Nos preguntamos qué ha fallado en la defensa de la democracia y cuáles pueden ser las consecuencias de aquel golpe.
En medio de ese clima de confusión, cada uno de nosotros contacta con sus familiares para tranquilizarlos y explicarles, en la medida de lo posible, lo que esta ocurriendo. Intentamos transmitir calma, aunque en nuestro interior reina la incertidumbre y la duda sobre si estamos actuando de la manera más adecuada.
El discurso televisado de Juan Carlos I, defendiendo el orden constitucional y ordenando a las Fuerzas Armadas permanecer en sus cuarteles, resulta ser un punto de inflexión. Sus palabras nos devuelven cierta tranquilidad y nos permiten respirar aliviados, aunque la tensión aún es palpable.
Finalmente, tras aquellas horas de nerviosismo y expectación, nos despedimos y cada uno regresó a su casa, conscientes de haber compartido un momento histórico y de que, a pesar de las dudas, habíamos estado unidos ante la adversidad.
Algunos años después nos enteramos que aquella noche al cuartel de la Guardia Civil alguien había hecho llegar una lista en la que figurábamos las cinco personas que vivimos aquellos momentos en los locales de la rectoral de Pravia.
Este hecho reveló la magnitud de la vigilancia y el seguimiento que se ejercía durante el golpe de Estado. No sólo estábamos viviendo una situación de incertidumbre y tensión, sino que nuestras acciones y presencia habían sido registradas por terceros, poniendo de manifiesto la sensación de inseguridad que nos acompañó durante toda la noche. Saber que habíamos sido identificados y anotados en una lista transmitida a la Guardia Civil añadió, con el paso del tiempo, una nueva dimensión al recuerdo de aquellos instantes: la certeza de que la amenaza era real y que nuestra decisión de permanecer juntos en la rectoral había sido observada y, de alguna manera, considerada relevante por quienes estaban al tanto de los acontecimientos.