sábado, 16 de mayo de 2020
ATAQUE PREVENTIVO
A ti te lo puedo contar, fiel Thor, hoy me ha mordido un perro. No, tranquilo, no gruñas, la sangre no ha llegado al arroyo. Tan solo una leve marca del incisivo canino en mi pantorrilla derecha que al llevar pantalón largo apenas me hizo correr un leve hilillo de sangre. Por lo demás la sorpresa que no el susto de que a mis años y a pesar de mis buenas relaciones con los descendientes de los lobos, la perra collie de Arístides se halla atrevido a perderme el respeto de esa manera. Supongo que el azar hizo que siguiésemos el mismo camino por donde apenas había espacio para cruzarse dos asnos y sus respectivos dueños así que la perrita, pensó, con buen sentido patrimonial que aquel era su sendero y aquel su territorio y yo no era más que un sobreviviente de la pandemia que buscaba en la aldea en proceso de extinción por abandono el espacio inútil a donde el virus no le merecía la pena llegar. Regresé a a casa por el sendero que serpentea a través del bosque no sin antes advertir a mi amigo, el humano, que no fuese inhumano con el animal. Ellos tienen sus cosas, sus miedos, sus desconfianzas a lo extraño. Quizás, quien sabe, al verme sin mascarilla y acercándome peligrosamente a su distancia social de seguridad podría considerarme un peligro de contagio para su amo y dispuso un ataque preventivo. Reacción noble que no merece castigo, Arístides. Al llegar a casa, escondido en un rincón del excusado para evitar excesivas alarmas de celadora, lavé la herida con agua y desinfectante. No pasa nada.
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