miércoles, 28 de noviembre de 2012
LLegan las lluvias
Hace cinco años que me jubilé. Hace cinco años que se ha abierto ante mi un espacio amable y asequible. Una ilusión, otro modo de vida. Hace cinco años que he dejado de ser un animal de ciudad para convertirme en un aldeano de pueblo. Hace cinco años que mi rostro permanece moreno por el sol los doce meses del año. Al principio echaba de menos muchas cosas, sufría las evidentes carencias del mundo rural, esas pequeñas cosas a las que no damos importancia en la ciudad, por tenerlas al alcance de los dedos, como un médico, un cine, el supermercado o darle a un botón y calentar la casa. Es cuestión de planteamientos, organización y una forma distinta de ver las cosas, renunciando a todo lo que en definitiva resulta superfluo, desaprendiendo ciertas cosas y asegurando que, en realidad, no se necesita tanto para vivir. Aunque si necesitas la bombona de butano, la leña para la chimenea o la compra del super, tienes la villa a poco más de media hora caminando, diez minutos en bici y la ciudad a una hora escasa de automóvil. Aquí en La Isla mi perro retoza libremente por el campo mientras yo disfruto un fuego amable en el hogar viendo morir las tardes de otoño en compañía de mi esposa y de mis hijos, sobrinos y amigos que de cuando en vez nos visitan.
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