domingo, 1 de noviembre de 2015

otoño

Me sumerjo en el ensueño cada vez con más intensidad y ya no pienso en dormir. En la lejanía  Berbes, las ondulaciones montañosas parecen lomos de animales fantásticos que al acercarlos con el zoom me acometen  deteniéndose por fin delante de mí. Como hace algo de frío, son las siete y media de la mañana, solitario hablo conmigo mismo hasta dormirme hecho un ovillo en el asiento del coche.  Despierto y el frío me parece más intenso. Por la ventanilla observo dos vacas pardas que me miran lánguidas con sus ojos pardos. Salgo del auto,  acaricio con mi mano fría el calor de su piel cálida y agradecidas dejan de pacer y levantan la cabeza porque notan que alguien más que ellas anda necesitado de compañía. Es más rentable para la imaginación y para los sentidos que dormir  la madrugada . Acaso no esta uno mejor aquí entre la luna y las estrellas esperando que el sol comience a templar mi cuerpo aterido. Enfin, algo hay que hacer para no convertir el transcurrir del tiempo en una mera rutina y que mejor que descubrir cada mañana que aunque el astro rey se descubra por el mismo sitio y las gaviotas inician sus vuelos desde las mismas rocas, ni el primero conserva el mismo color ni el vuelo de las aves es siempre en la misma dirección Pero sobre todo ello,la icomparable versatilidad de formas que las nubes me recrean con los primerios rayos de luz. Eso me da esta primera mañana de mi septuagésimo noviembre.

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