lunes, 13 de abril de 2015

LA GARZA (cuento corto)












Me despierta el sonido de la radio  de mi mesita de noche. No ha amanecido todavía y los petirrojos ya han comenzado a  hacer sus nidos en los arbustos del jardín ; su incesante canto me ameniza el desayuno , una taza de humeante café , una tostada con mantequilla y mermelada de naranja de La Isla,  esquisitez culinaria de mi sobrina  Luci ; por desgracia ya solo  me queda un tarro . Mientras disfruto del almuerzo voy introduciendo en la alforja el material necesario  para  la práctica de  una de mis aficiones favoritas de jubilado, la observación y seguimiento de aves: cámara de fotos, prismáticos , cuaderno de campo y un lápiz de Ikea para tomar  notas y hacer dibujos ya que mi memoria  empieza a hacer aguas. Parece que vamos a disfrutar de una espléndida mañana de primavera. En esta época y a primeras horas del día es cuando las aves despliegan mayor actividad por lo que conviene madrugar si se quiere aprovechar al máximo esta circunstancia.
En la charca la  garza real permanece inmóvil, en el mismo sitio que la deje ayer; con sus largas patas hundidas en el fango  y sus ojos atentos al más leve movimiento que se produzca  en el agua. La pequeña cigüeñuela, más activa , pasea eshibiendo su blanco plumaje de un lado a otro del chancal. El resto de los limícolas, patos , pollas de agua y pequeñas aves acuáticas acompañan el amanecer con un coro incesante de trinos.
Tomo el sendero que asciende con suavidad el cueto para continuar en pronunciado descenso en dirección al humedal. Saludo a las plantas, a los arboles por su nombre. No estoy seguro de si he cerrado la puerta con llave por lo que desando el todavía corto camino recorrido para  cerciorarme y así quitarme de encima una rara sensación de desasosiego que me ha invadido repentinamente .  Hace un tiempo apacible, templado y luminoso, en el cielo no se advierte casi ni una nube. Solamente algunos nubarrones negros a los lejos, muy a lo lejos y en el mar me hacen sentir algún mal presagio.Al acercarme de nuevo a la casa , que raro, veo que están todas las luces encendidas. Que yo recuerde solamente había necesitado  iluminar el cuarto de aseo por ser éste interior y nadie ha podido haber entrado  puesto que la puerta estoy seguro que la he  dejado bien cerrada con dos vueltas a la llave. Habrá sido alguna avería o puede ser que yo mismo las hubiese encendido y no me acuerde.... ¿Pero todas?
   
Sin darle más importancia al asunto llego por fin a la charca. Parece que alguien más ha madrugado y ha tenido la idea de venir a este mismo lugar. Pero su intención no es solamente observar.  Veo que viene  armado de una escopeta cargada de mortíferos instintos. Es un hombre de mediana estatura y de constitución fuerte_ Su aspecto, sus rasgos y su forma de caminar son vulgares: viste chaqueta y pantalón de camuflaje y cubre su enorme cabeza con un sombrero verde de aguas que apenas deja ver unos ojos duros y fríos. Se detiene un momento y mira a su alrededor en busca de un lugar adecuado desde el que dominar todo el estanque. . Lleva maquinalmente la mano al gatillo y desactiva el seguro del arma. Al fin encuentra acomodo detrás de un matorral y aposta la escopeta sobre una piedra. Se ha acercado sigiloso y  parece que ningún habitante de la charca ha notado su presencia ya que la algarabía de cantos no solo no  ha cesado sino que ahora se escucha con mayor intensidad. Así, el intruso permanece acechante.
Me encamino hacia el otro extremo del humedal en silencio, a pasos muy lentos, sin hacer movimientos bruscos para evitar molestar a las aves en sus ocupaciones de temporada. Voy vestido con ropa de abrigo de colores neutros que me confunden con el entorno. Cuando considero que la distancia es la adecuada para fijar mi puesto de observación, sin advertir la presencia a apenas cincuenta metros del furtivo, despliego el trípode y monto la cámara sobre el , acoplo el teleobjetivo y la enciendo en modo de espera. Me parece que tampoco él se ha percatado de mi llegada. Intento no hacer ruido moviéndome lo menos posible y pacientemente aguardo a que la garza real, escondida ahora entre altas hierbas, se mueva hacia una posición más visible. Los primeros rayos del sol van iluminando el pequeño bosque encharcado. Ya podemos ver la cabeza verde y cuello plateado de un pato azulón y algún que otro correlimos hunden su largo pico en el fango en busca de alguna lombriz. Comienza la vida en la marisma ajena al objetivo de mi cámara y al punto de mira de la siniestra carabina.

Han transcurrido  ya unos veinte minutos , las aves comienzan a moverse inquietas pero ahora sus cánticos van languideciendo. Los negros nubarrones van  acercándose a  la costa de forma un tanto inesperada, y poco a poco la  sombra que producen va   atenua la claridad de la mañana .

Al fin la garza se ha movido. Lenta, muy lentamente  camina hundiendo con extremada delicadeza  sus largas patas en el fango hasta situarse en el centro de la ciénaga. Ajena a nuestra presencia ya se  encuentra enfocada  por el objetivo de mi cámara y fijada en el punto de mira del rifle asesino. Esbelta y elegante con su plumaje gris y sus 160 ctms de envergadura posa junto a una mata  de calas blancas. No parece inquieta ni se siente amenazada; no imagina un destino  disecada en la sala de trofeos de  un perverso depredador o inmortalizada en el álbum de fotos de un amante de la naturaleza.
En  aquel mismo momento un extraordinario fenómeno tiene lugar sobre nuestras cabezas. La intensa y cegadora luz y el insoportable zumbido de un gigantesco disco ilumina y ensordece el pantano durante escasos segundos, los suficientes para que los pájaros, histéricos y asustados por el extraordinario resplandor, alcen el vuelo despavoridos .Cuando suena el click del obturador y el estampido de un disparo el objeto brillante se eleva vertiginosamente y desaparece en el cielo dejándome paralizado por el pánico   y ciego por unos instantes . El cazador, aterrorizado, arroja la escopeta al fango y pone tierra de por medio sin volver la vista atrás
Algunos años después, saboreando un  té con limón en la terraza de la terminal de la estacion interestelar de Cercedilla de la Fresna, le contaba a mi nieto como había sido el primer avistamiento de aquellos singulares seres que le habían contratado para pilotar una de sus aeronaves. En el cielo del atardecer tres garzas volaban libres y majestuosas.