jueves, 10 de abril de 2014

LUIS ALVAREZ, COMPAÑERO DEL ALMA

He llegado a esa edad en la que reviven en nuestra memoria con más frecuencia los sucesos más lejanos y sin embargo con desesperación pones patas arriba la habitación buscando el cargador del móvil que ayer mismo utilizaste. Recuerdas la primera vez que fuiste a Ranón para ver despegar un avión , el nombre de la catequista de la que estuviste enamorado, las marcas de motocicletas y de coches de la época, el número de taxis que había en la parada de tu pueblo y las variedades de helado de cucuruchu que ofrecía el carrito del parque por menos de un duro; te acuerdas del nombre de la mujer que nos llevaba la leche recién ordeñada y del momento mágico y solemne en el que mi padre depositó la primera olla a presión en la meseta de mármol de la cocina de casa ; te viene a la memoria sin dificultad el apodo del municipal regordete de casco blanco que organizaba ridículos atascos cuando se juntaban más de tres automóviles en la rotonda y recitas de carretilla la alineación del Real Madrid en la final de la primera copa de Europa. Todas estas evocaciones se agolpan y retroalimentan mis conversaciones las cuales, en no pocas ocasiones, por reiterativas, aburren y hacen huir a la peña. Otras muchas las revives en tus pensamientos debatiéndote entre la alegría o la pena por la pérdida de aquellas y aquellos que tanto te quisieron y de los que, en muchos ocasiones desgraciadamente no aprovechaste su querer. En algún caso aparece de repente el amigo del alma del que hace años has perdido la pista de su alma. Aquel que ponía en cuestión nuestra visión del mundo explicándonos, entre aisento y asiento contable, porque los indios siempre eran los malos de la película o descubriéndonos el racismo que rezumaban las novelas de Tarzán. Aquel maestro superviviente milagroso de la Institución libre de enseñanza que te decía que el mundo era o. mejor dicho, debería de ser de otra manera. Ese compañero que, refugiado en la utopía, vivió y vivirá siempre en el recuerdo de tantos y tantos que fuimos desgajando durante nuestra vida jirones de su piel de su lección de vida, de su compromiso ante la sociedad y de su entrega desinteresada al necesitado, al perseguido y también al que le perseguía. Ayer lo contacté a través de facebook. Contemplé su fotografía; cumplía ochenta y muchos tacos. No ha perdido su mirada entre melancólica y burlona, pétana hasta la médula y destilando la bondad que siempre nos sirvió y nos seguirá sirviendo de brújula cuando nos encontramos perdidos. Tal como expuso su deseo en el prólogo de su libro “Historias por debajo de la Historia” (Fundación Barreiro) lo mantengo vivo en el recuerdo de la misma manera que muchos otros que fuimos los hijos que nunca tuvo. Yo espero que siga teniendo aquella Fé que le guió siempre, aquella que le “abandonó por un día” a la puerta del quirófano del Hospital de Aviles cuando asiendo con fuerza mi mano me miró con dulzura y me dijo –Javier, en este momento ya no creo en nada-. Luego, más tarde cuando ya estaba repuesto, en la salita de su casa, en aquella habitación de paredes pintadas con libros, nos reimos mucho recordando sus vacilaciones teológicas. Incómodo en su Iglesia pero inquebrantable en la incomodidad de su Fé. Desde hace años , creo que fue el año 1998 o 99, no lo recuerdo muy bien, en que me regaló el libro que ya he mencionado permanece en la cabecera de mi cama y casi diariamente acudo a su lectura intentando cargar mis pilas del compromiso social, de la solidaridad , de la participación que en aquella época seguramente no fue lo suficientemente generosa por mi parte. Pues bien, como yo últimamente ando nadando en los mares de la melancolía, ¡qué síntoma tan tremendo de senectud!, y como supongo que su sentido de la Transcendencia se habrá acrecentado, y considerando que es infinitamente más sabio que yo y que por lo tanto tienen más consistencia su credo que mi excepticísmo, pues eso, que en ese otro mundo de sus creencias nos esperemos para nuevamente reirnos primero de nosotros mismos, y después de Toni, de Dacio, de José Luis….. o de algún otro entrañable compañero de aquellos tiempos pravianos.